El sentido de la alegría

 

 “No hago nada sin alegría”

Michel de Montaigne

 

No hace mucho tiempo nos pidió un amigo arquitecto un texto para un libro que se estaba preparando sobre su trabajo. Después de insistirnos durante días para que fuéramos más y más concisos, decidió no publicarlo pues le daba apuro hacerlo, se sentía demasiado bien tratado. ¡Bueno, no te preocupes, ya lo utilizaremos en otro lado!

Hablábamos allí de la importancia de la alegría, la alegría que transmite siempre la gran obra, aquella cuyo secreto verdadero es hacer sonreir. Y de la alegría como actitud, la “alegre resistencia” que anima a seguir trabajando, dentro de una realidad profesional siempre frágil y al mismo tiempo cada vez más compleja.

Digámoslo con claridad, trabajamos buscando la alegría de construir cosas, porque creemos que la arquitectura se ocupa, lo ha hecho siempre, precisamente de eso, de construir las cosas, los artefactos, donde acontece la vida. Y cuando hace justicia a su nombre, lo hace desde un amor y un respeto profundo al acontecer humano, desde los inicios del proyecto hasta la acción interrogante, a veces angustiosa y siempre precisa de la construcción.

La buena arquitectura, dice Peter Zumthor, “debería acoger al hombre, dejarle que viva y habite allí y no abrumarle con su charla”. Es esa idea, profundamente antirretórica, precisamente la que nos interesa, es una propuesta nada idealista sino decididamente anclada en la realidad, en un “estado de cosas” no artificioso, sino unitario, concreto.

La atención a lo concreto es lo que constituye el material de la arquitectura que nos gusta y que ansiamos realizar: la estructura del territorio y su armónica relación con la forma y construcción de los edificios que lo ocupan nos sorprende todavía al visitar ciertos lugares; la noble aspiración humana a reunirse en comunidad y a construir cosas que permitan esa aspiración y la necesidad también de la soledad, del refugio íntimo; deseamos profundizar en todo lo que supone bienestar: abrirse a recibir el sol o protegerse de él, el sentarse al fresco, acercarse a una ventana que nos pone en relación con un paisaje, aproximarse a una fuente de calor, son los hechos pequeños e importantes de la arquitectura; y todo atemperado por el roce, el olor, el eco distinto de los materiales: piedra, madera, hormigón, acero. Con esa urdimbre múltiple tratamos de trenzar el trabajo que día a día buscamos hacer.

arriba
abajo

t. +34 981 573867 / rvr@rvr-arquitectos.es